Zacato

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Orgullosamente inspirado en México!!! Este integrante de la familia Baxalam es un conejo que nombramos Zacato, en honor al Teporingo. El Teporingo es un conejo endémico de México que habita principalmente en las faldas del volcán Popocatépetl e Iztaccíhuatl, y en el bosque del Xinantécatl, en el nevado de Toluca. Al leer la leyenda azteca llamada “El conejo en la luna” (redactada abajo) no pudimos evitar imaginarnos que tal vez Quetzalcóatl se había topado con un Teporingo, un conejo tan lleno de bondad que dio su vida por salvar la de otra persona. Hoy, el Teporingo está en peligro de extinción, aunque algunos dicen que ya se extinguió. En septiembre de 2018, la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM) informó que el conejo teporingo o «zacatuche» se ha extinto después de años de haber sido amenazada.

A través de un estudio realizado en 2017, el Centro de Investigación de Ciencias Biológicas (CICBA) detalló que su extinción se debió a la contaminación, deforestación, incendios forestales, el pastoreo y la extracción de madera, lo cual redujo su hábitat.

Los teporingos eran comercializados para el consumo humano y para la cacería en las zonas boscosas del Estado de México. El conejo era el alimento de coyote y el lince, por lo cual, con su desaparición se altera la alimentación de otras especies.

Ahora, para los que no la conocen, les dejamos la leyenda de “El conejo en la luna”…

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Un día, hace cientos de años, el dios Quetzalcóatl decidió viajar por todo el mundo. Su aspecto era el de una serpiente adornada con plumas de color verde y dorado, así que para no ser reconocido, adoptó forma humana y echó a andar.

Subió altas montañas y atravesó espesos bosques sin descanso.  Al final de la jornada, se sintió agotado. Había caminado tanto que decidió que era la hora de pararse a descansar para recobrar las fuerzas.  Satisfecho por todo lo que había visto, se sentó sobre una roca en un claro del bosque, dispuesto a disfrutar de la tranquilidad que le proporcionaba la naturaleza.

Era una preciosa noche de verano. Las estrellas titilaban y cubrían el cielo como si fuera un enorme manto de diamantes y, junto a ellas, una anaranjada luna parecía que lo vigilaba todo desde lo alto. El dios pensó que era la imagen más bella que había visto en su vida.

Al cabo de un rato se dio cuenta de que, junto a él, había un conejo que le miraba sin dejar de masticar algo que llevaba entre los dientes.

– ¿Qué comes, conejo?

– Sólo un poco de zacate (hierba fresca). Si quieres puedo compartirla contigo.

– Te lo agradezco mucho, pero los humanos no comemos zacate.

– Pero entonces ¿qué comerás? Se te ve cansado y seguro que tienes apetito.

– Tienes razón… Imagino que si no encuentro nada que llevarme a la boca, moriré de hambre.

El conejo se sintió fatal ¡No podía consentir que eso sucediera! Se quedó pensativo y en un acto de generosidad, se ofreció al dios.

– Tan sólo soy un pequeño conejo, pero si quieres puedo servirte de alimento. Cómeme a mí y así podrás sobrevivir.

El dios se conmovió por la bondad y la ternura de aquel animalito. Estaba ofreciendo su propia  vida para salvarle a él.

– Me emocionan tus palabras – le dijo acariciándole la cabeza con suavidad – A partir de hoy, siempre serás recordado. Te lo mereces por ser tan bueno.

Tomándole en brazos le levantó tan alto que su figura quedó estampada en la superficie de la luna. Después, con mucho cuidado, le bajó hasta el suelo y el conejo pudo contemplar con asombro su propia imagen brillante.

– Ahí tienes tu retrato en luz, para todos los hombres y para todos los tiempos.

Su promesa se cumplió. Todavía hoy, si la noche está despejada y miras la luna llena con atención, descubrirás la silueta del bondadoso conejo que hace muchos, muchos años, quiso ayudar al dios Quetzalcóatl.

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